PARTE 1
La noche en que Mateo le anunció a su esposa Leticia que comenzaría a dormir en el piso, su matrimonio empezó a morir en un silencio absoluto. Ella, por supuesto, no tenía ni la menor idea del infierno que se avecinaba.
Todo comenzó hace exactamente 2 años, cuando Mateo llegó a su pequeño y húmedo departamento en Neza con 1 viejo tapete rojo enrollado bajo el brazo.
El objeto no era nuevo. Ni siquiera estaba limpio. De hecho, apestaba a humedad, a copal quemado y parecía algo que alguien había arrastrado desde lo más profundo del mercado de Sonora o de algún callejón oscuro en Catemaco.
Leticia frunció el ceño, tapándose la nariz. “¿De dónde sacaste esa chingadera, Mateo?”, le preguntó con evidente disgusto.
Él colocó el tapete con extremo cuidado sobre el piso de cemento y respondió con una calma que a Leticia le heló la sangre: “Me lo dio 1 curandero, 1 hombre de mucha fe. Me juró que esto va a proteger a nuestra familia y nos traerá la lana que tanta falta nos hace”.
Leticia debió hacerle más preguntas. Debió exigirle que sacara esa basura de su casa. Pero estaba cansada de pelear, así que simplemente lo ignoró.
Esa misma noche, después de apagar la luz, Leticia se acomodó en la cama esperando que su esposo se acostara a su lado. En lugar de eso, escuchó cómo Mateo extendía el tapete rojo sobre el piso frío, justo al lado del ropero.
“Voy a dormir aquí”, sentenció él en la oscuridad de la habitación.
“¿En el piso? No manches, Mateo, ¿es neta?”, Leticia soltó una carcajada, pensando que era una broma de mal gusto.
Pero Mateo no reía. “Es 1 instrucción directa. Si queremos que el negocio pegue y salir de jodidos de una vez por todas, tengo que hacerlo”. Leticia pensó que la locura le duraría 1 noche. Tal vez 1 semana. Pero la extraña penitencia se prolongó durante 2 años enteros.
Cada vez que Leticia le reclamaba o le pedía que volviera a la cama, Mateo se transformaba. Se ponía violento y le gritaba: “¡¿Quieres que volvamos a estar en la miseria y a no tener ni para tragar?! ¡Entonces cállate y déjame en paz, güey!”.
Lo más perturbador de todo fue que el dinero realmente empezó a llegar a manos llenas.
En solo 4 meses, Mateo compró 2 camionetas blindadas del año. Salieron de Neza y compraron 1 mansión impresionante en una exclusiva zona de Santa Fe.
Su celular no paraba de sonar con notificaciones de transferencias por miles de pesos. Con tanto lujo, Leticia se hizo de la vista gorda. Se repetía a sí misma: “Mientras el cabrón no me ponga el cuerno, que duerma en el piso si se le da la gana”.
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