La reflexión espiritual de Santa Brígida sobre por qué algunas personas prosperan pese a obrar mal.

Hay una pregunta que atraviesa siglos, culturas y credos. Una pregunta que suele aparecer en silencio, cuando nadie nos ve, justo en los momentos en que la vida aprieta:
¿Por qué a quienes hacen el mal parece irles mejor que a quienes intentan vivir con rectitud?

¿Por qué el corrupto prospera, el mentiroso asciende y el soberbio parece intocable, mientras el honesto lucha para llegar a fin de mes, el justo enferma y el que obra con buena intención acumula derrotas? Esta aparente injusticia ha quebrado la fe de muchas personas a lo largo de la historia.

La angustia que también sintió Santa Brígida
Santa Brígida de Suecia vivió en un tiempo marcado por abusos de poder, nobles despiadados y una miseria que golpeaba con especial dureza a los más piadosos. Ella misma fue testigo de cómo hombres crueles celebraban banquetes y acumulaban riquezas, mientras viudas y huérfanos fieles morían de frío y abandono.

Esta contradicción no despertó en ella envidia, sino una angustia profunda. Si Dios es justo, ¿cómo puede permitir semejante desequilibrio? En una de sus revelaciones más impactantes, Brígida se atreve a presentar esta pregunta ante Dios sin adornos ni diplomacia, como portavoz de la humanidad confundida.

Ella observa que los malvados parecen protegidos por una suerte inquebrantable: negocios exitosos, salud robusta, prestigio social. Y lo peor de todo es que su prosperidad se convierte en un argumento contra la fe: muchos concluyen que no hace falta ser bueno para que la vida funcione.

La respuesta que cambia la forma de mirar el mundo
La respuesta que recibe no es emocional ni ambigua. Es una explicación directa, casi contable, que transforma por completo la perspectiva humana.

Dios le revela que su justicia no deja nada sin pagar: ningún bien queda sin recompensa, ningún mal sin consecuencia. Pero la clave está en cuándo y con qué moneda se paga.

Los malvados, aunque vivan de espaldas a la gracia, no son incapaces de hacer pequeños bienes: un gesto solidario ocasional, una obra útil, un acto de compasión puntual. Y Dios, por ser justo, debe retribuir esos actos.
Sin embargo, como esas personas han cerrado su corazón a lo eterno, solo queda una moneda disponible: la prosperidad temporal.

Así, el éxito del malvado no es una bendición amorosa, sino un salario adelantado, un finiquito. Dios les paga todo aquí y ahora para no deberles nada después. Salud, dinero, fama, placeres: todo entregado en la tierra, porque en la eternidad su saldo será cero.

Lo que desde afuera parece privilegio, desde esta lógica es una despedida.

La misericordia que también se esconde detrás del éxito
La revelación va aún más lejos. Dios permite esta prosperidad como un último acto de misericordia, esperando que la gratitud ablande el corazón del pecador y lo conduzca al arrepentimiento. Pero cuando esa abundancia se usa para alimentar el orgullo y la burla, la prosperidad se convierte en condena.

Hay una frase que estremece:
Dios les concede el paraíso en la tierra porque sabe que es el único paraíso que tendrán.

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