Ella ya había visto muchas cosas en la vida.
Vio nacer a sus hijos, los vio crecer y salir de casa.
Vio amigos partir, sueños cambiar de rumbo, el cuerpo perder fuerzas… pero el corazón, nunca.
Esa mañana, sentada en la sala de espera de la clínica, sostenía en sus brazos el regalo más grande que había recibido en muchos años:
su primer nieto.
Sus manos, marcadas por el tiempo, temblaban suavemente mientras acomodaba al bebé.
Él no tenía idea de todo lo que esa mujer había pasado para estar allí: noches en vela trabajando, cuentas atrasadas, enfermedades superadas, dolores guardados en silencio.
Ahora, mirando ese pequeño rostro sonrojado, solo podía pensar:
“Valió la pena.”
Nadie allí conocía su historia.
Para muchos, era solo otra abuela esperando la consulta del nieto.
Pero por dentro, ella susurraba una oración muy bajito:
“Dios, cuida de mi pequeño.
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