Luego acomodó mejor a los bebés contra su pecho y siguió caminando por la orilla del camino.
Santiago no pudo moverse.
—¿Qué te pasa? —preguntó Paulina, molesta—. Ya vámonos. Esa mujer siempre fue buena para hacerse la víctima.
Él arrancó, pero algo dentro de su pecho ya no volvió a acomodarse.
Esa noche no durmió.
Se acostó junto a Paulina, pero su mente seguía en la carretera.
Los bebés.
La cara de Mariana.
El billete tirado en el polvo.
Durante meses, Santiago se había repetido que hizo lo correcto. Que Mariana lo traicionó. Que las fotos en el hotel eran prueba suficiente. Que el dinero desaparecido de sus cuentas no podía mentir. Que el collar de diamantes de su madre encontrado en el cajón de Mariana lo decía todo.
Pero ahora, al recordar a esos niños, algo no cuadraba.
Si Mariana estaba embarazada cuando él la corrió, ¿por qué nunca se lo dijo?
A la mañana siguiente, sin decirle nada a Paulina, llamó a David Robles, un investigador privado de confianza.
—Necesito que encuentres todo sobre Mariana Salcedo —ordenó—. Dónde vive, qué hizo este último año, si tuvo hijos… todo.
David no hizo preguntas.
3 días después, Santiago recibió la llamada.
—Santiago —dijo David con voz baja—, si estás sentado, mejor.
El corazón le golpeó fuerte.
—Habla.
—Mariana ingresó hace 11 meses al Hospital Civil de Tepatitlán. Estaba embarazada de alto riesgo. Eran gemelos.
Santiago sintió que el cuarto se movía.
—¿11 meses?
—Sí. Y te puso como contacto de emergencia. Tu celular personal, tu oficina, hasta el número de tu casa.
—Yo nunca recibí nada.
—Lo sé. Porque alguien pagó para borrar avisos del sistema y desviar llamadas.
Santiago apretó el teléfono.
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