En varios países de la región, las iglesias enfrentan presiones legales crecientes. Leyes de ideología de género, restricciones a la libertad de expresión religiosa en el ámbito público y campañas culturales que presentan la fe cristiana como incompatible con los valores progresistas forman un ambiente de presión gradual que muchos pastores y teólogos identifican como el tipo de hostilidad silenciosa que precede a formas más abiertas de persecución.
En Colombia, México y Centroamérica, pastores y líderes evangélicos han sido amenazados o asesinados por grupos del crimen organizado cuando sus iglesias se convierten en centros de resistencia comunitaria contra el narcotráfico. Esta es una forma de martirio que no aparece en los grandes titulares internacionales pero que es completamente real para las comunidades afectadas.
¿Será América Borrada?
La imagen que encabeza esta reflexión, con su promesa de destrucción total, responde más a la lógica del contenido viral que a una interpretación bíblica sólida. La Biblia no promete la destrucción total de ningún continente específico. Lo que sí promete es que ninguna región quedará ajena a los efectos de un juicio que es, por definición, universal.
Pero junto al juicio, la Biblia también promete protección para quienes pertenecen a Dios. El Salmo 91 describe esa protección con imágenes que siguen siendo poderosas: aunque caigan mil a tu lado y diez mil a tu diestra, a ti no llegará. No es una promesa de ausencia de dificultad. Es una promesa de presencia divina en medio de ella.
El libro de Apocalipsis termina no con destrucción sino con renovación. Un cielo nuevo y una tierra nueva, donde Dios habitará con los hombres y enjugará toda lágrima de sus ojos. Esa promesa alcanza a cada persona de cada continente que haya puesto su confianza en Cristo, incluyendo a los millones de latinoamericanos que hoy sostienen esa fe en ciudades, pueblos, selvas y desiertos de un continente que, visto desde la perspectiva de la eternidad, no está destinado a ser borrado sino transformado.
Una Reflexión Final
Lo más importante que la Biblia dice sobre el tiempo final no es geográfico sino personal.
No importa tanto en qué continente vivamos como en qué estado estamos con Dios. La Gran Tribulación, cualquiera que sea su forma concreta, no encuentra igual a todos: el libro de Apocalipsis distingue constantemente entre quienes tienen el sello de Dios y quienes llevan la marca del sistema del anticristo. Esa distinción no pasa por los pasaportes.
Para quienes viven en América Latina y tienen fe, la pregunta relevante no es si el continente sobrevivirá sino si ellos mismos están preparados, no con búnkeres ni provisiones, sino con la paz que, según Pablo en Filipenses 4, sobrepasa todo entendimiento.
Esa es la preparación que ninguna tribulación puede deshacer.
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