Una fría tarde de enero, le encontré de pie frente al armario de Ethan, con los puños apretados a los lados.
"Mamá, ¿puedo usar las camisetas de papá?" preguntó, con la cara pálida.
La pregunta me atravesó. Pero podía ver cuánto le importaba. No estaba siendo descuidado—estaba siendo considerado, igual que su padre. Él también estaba de duelo.
Respiré hondo, tragando el instinto de negarme. Luego metí la mano en el armario, saqué la camisa favorita de Ethan y se la puse suavemente en las manos de Mason.
"Tu padre dedicó su vida a ayudar a la gente", dije suavemente. "Creo que estaría orgulloso de cualquier cosa que hagas, cariño."
"Gracias, mamá."
Esa noche, Mason extendió las camisas de Ethan sobre la mesa del comedor, ordenándolas cuidadosamente por color y textura. Medía, cortaba y cosía en silencio, tarareando de vez en cuando una melodía que Ethan solía silbar.
Intenté no quedarme encima—pero no pude evitar observarle.
Una mañana, lo encontré desplomado sobre la mesa, con la aguja aún en la mano, babeando ligeramente sobre la manga de la camisa de Ethan.
"Mason", susurré, apartándole suavemente el pelo. "Vete a la cama, cariño."
Parpadeó hacia mí, sonriendo somnoliento. "Casi termino, mamá. Lo prometo."
A la segunda semana, la cocina parecía como si una tormenta de telas la hubiera destrozado: retales esparcidos por todas partes, botones rodando por la encimera, hilos que se arrastraban de una superficie a otra y montones de relleno de poliuretano apilados cerca de la nevera.
"¡Eh!" Grité, fingiendo regañarle. "¿Estás construyendo en secreto un ejército de osos de peluche aquí?"
Mason laughed, his cheeks flushing. “It’s not an army, just… a rescue squad.”
Late one Sunday night, he finally finished.
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