—Isabela… —empezó.
—¡No digas su nombre!
En ese momento, una puerta al fondo del departamento se abrió. Muy despacio.
Salió una mujer coreana mayor, con un delantal gris y una charola en las manos. Sobre la charola había una jeringa. Gasas. Y una taza de té.
La mujer me vio. Luego miró a Jae-hyun. Y dijo algo con enojo.
Él le respondió fuerte.
Los niños se pusieron pálidos.
Yo no entendía las palabras, pero entendí el miedo. Ese miedo sí se traduce.
La mujer intentó cerrar la puerta del cuarto.
Pero antes de que pudiera hacerlo, escuché un sonido.
Débil. Raspado. Casi como un animal herido.
Venía de adentro.
Mi corazón se detuvo.
Di un paso hacia el pasillo. Jae-hyun me agarró del brazo.
—No, por favor.
Me solté de un jalón.
—¡Quítate!
Corrí hacia el cuarto. La mujer gritó. Los niños lloraron. Jae-hyun corrió detrás de mí.
Pero yo llegué primero.
Abrí la puerta.
Y ahí, en una cama baja, junto a una ventana cubierta por cortinas blancas, vi una mano.
Una mano flaca. Con una pulsera de hilo rojo.
La misma pulsera que yo le había puesto a Isabela en la Central de Autobuses del Norte cuando tenía quince años y se fue a su primer concurso de dibujo.
Se me fue el aire.
Me acerqué temblando.
La persona en la cama estaba de espaldas. Cubierta hasta los hombros. El cabello largo, negro, enredado. La piel casi transparente.
—Mija… —dije, sin voz.
La mano se movió. Apenas.
Luego una voz que no escuchaba desde hacía años salió de esa cama como un hilo roto:
—Mamá…
Caí de rodillas.
No estaba muerta.
Mi hija no estaba muerta.
Pero cuando Isabela volteó la cara y me miró, entendí algo peor.
No me reconoció con alegría.
Me miró con terror.
Y con los labios partidos alcanzó a decir.
—…¿quién… es usted? —susurró Isabela, con la voz quebrada, como si cada palabra le costara un año de vida.
Ese “usted” me atravesó peor que cualquier grito.
Me quedé de rodillas, sin atreverme a tocarla, con las manos suspendidas en el aire como si el cuerpo no supiera ya cómo ser madre. Tenía la cara más delgada de lo que recordaba, los pómulos marcados, los labios agrietados. Pero los ojos… los ojos seguían siendo los suyos. Solo que apagados, como una lámpara a punto de extinguirse.
—Soy yo… —dije al fin, casi sin voz—. Soy tu mamá, mi amor. Mercedes. Tu mamá.
Isabela frunció el ceño, como si esa palabra no encajara en su memoria. Intentó incorporarse, pero su cuerpo tembló y volvió a caer sobre la almohada.
Jae-hyun apareció detrás de mí. No me tocó. No se atrevió. Solo dijo, con una calma rota:
—Ella no recuerda… casi nada.
Me giré hacia él, con la rabia otra vez subiéndome por la garganta.
—¿Qué le hicieron?
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaban rojos.
—No fue “lo que hicimos”. Fue lo que no pudimos detener.
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