Mi hija con síndrome de Down quiso adoptar un bebé… y toda la familia intentó impedirlo

—¿Qué pasó?

Me abrazó tan fuerte que casi me rompe una costilla.

—Mamá…

—¿Qué pasó?

—Me aprobaron.

Las dos terminamos llorando en la cocina.

Incluso el perro empezó a ladrar porque pensó que ocurría una emergencia.

Meses después conoció a Tomás.

Un bebé que había pasado gran parte de su corta vida esperando una familia.

Cuando lo tuvo en brazos por primera vez, ocurrió algo que jamás olvidaré.

Él dejó de llorar.

Simplemente la miró.

Y se quedó tranquilo.

Como si supiera que estaba en casa.

Hoy Tomás tiene cuatro años.

Va al jardín.

Corre por toda la casa.

Dibuja monstruos que parecen papas con patas.

Y está convencido de que su mamá es una superheroína.

Porque para él lo es.

Y para mí también.

Muchos de los familiares que decían que ella no podía ser madre ahora publican fotos con el nene y se derriten de amor.

Aunque yo todavía recuerdo perfectamente todo lo que dijeron.

A veces Sofía se ríe y me dice:

—Mamá, creo que tuve que rendir más exámenes para ser madre que algunos para ser astronautas.

Y la verdad…

No le falta razón.

Porque hubo personas que vieron un diagnóstico.

Mientras ella les mostró carácter, responsabilidad y amor.

Y terminó demostrando que ser un buen padre o una buena madre no depende de una etiqueta, sino del compromiso que uno tiene con un hijo.

Si esta historia te emocionó, ya sabes para que más personas la lean.

Y vos, ¿creés que muchas veces la sociedad juzga las capacidades de una persona antes de conocerla de verdad?

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