“Gracias por cada desayuno.”
“Por cada abrazo cuando tenía miedo.”
“Por quedarte cuando habría sido más fácil marcharte.”
“Por amarme incluso en mis peores días.”
Las palabras comenzaron a volverse borrosas entre las lágrimas.
“Sé que ahora estás sufriendo.”
“Pero necesito que prometas algo.”
“No conviertas mi ausencia en el final de tu historia.”
Me llevé una mano al pecho.
“Sal.”
“Viaja.”
“Ríe.”
“Habla con nuestros nietos.”
“Haz nuevas amigas.”
“Y cuando veas una puesta de sol, no pienses en lo que perdiste.”
“Piensa en todo lo que vivimos.”
Las siguientes líneas terminaron de romperme.
“Porque si pudiera elegir una vida otra vez…”
“Volvería a buscarte.”
“Volvería a enamorarme de ti.”
“Y volvería a pasar 62 años tomándote de la mano.”
Al final había una última frase.
“No llores porque terminó.”
“Sonríe porque ocurrió.”
Durante varios minutos permanecí inmóvil.
Abrazando la carta contra mi pecho.
Aquella noche, por primera vez desde que Roberto murió, no me sentí completamente sola.
Era como si una parte de él siguiera allí.
Acompañándome.
Recordándome que el amor verdadero no desaparece cuando alguien parte.
Porque algunas historias de amor no terminan con un funeral.
Simplemente encuentran otra manera de permanecer para siempre. ❤️
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
