Le mostró sus tarjetas de embarque a la azafata. Tras revisarlas, ella sonrió y le agradeció su comprensión. Un momento después, el asiento contiguo quedó libre y se sentó cómodamente, sin molestar a nadie.
El silencio se apoderó de la cabaña. La tensión disminuyó. Varias personas asintieron en señal de agradecimiento. Alguien le susurró a un vecino:
«Eso sí que es respeto».
A veces, la amabilidad y el cuidado son las cualidades más valiosas a la hora de viajar.
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