Con el paso de las décadas, los envases desechables se impusieron. Las cajas de cartón y los envases de plástico sustituyeron a las botellas de vidrio reutilizables. Los sistemas de limpieza automatizados aparecieron en las fábricas y los lavavajillas se hicieron comunes. Cada innovación redujo la necesidad de herramientas sencillas que antes parecían indispensables. Debido a este cambio, hoy en día mucha gente ya no reconoce los botelleros antiguos ni comprende su función. Lo que antes era un objeto doméstico común se ha convertido en una curiosidad de otra época, el tipo de objeto que uno encuentra en un mercadillo y admira por su forma singular.
Sin embargo, las estanterías siguen ejerciendo una fascinación especial. Los coleccionistas aprecian su artesanía. Los artistas admiran sus líneas esculturales. Marcel Duchamp, en una ocasión, transformó una en una obra de arte, revelando la elegancia oculta en un objeto puramente funcional. Incluso hoy, en un entorno moderno, la estantería atrae la atención por su forma geométrica y su armonioso equilibrio.
El botellero representa mucho más que su apariencia; simboliza una forma de pensar basada en el ingenio. La gente reutilizaba en lugar de reemplazar. Valoraban la sostenibilidad y cuidaban sus pertenencias. El botellero refleja un ritmo de vida más pausado, un ritmo en el que lo práctico y la intención eran más importantes que la rapidez y la comodidad.
En un mundo inundado de productos desechables, este sencillo soporte metálico nos recuerda que las soluciones más simples suelen ser las más sostenibles. Nos transporta a una época en la que los objetos se fabricaban para durar y las tareas cotidianas adquirían una sutil belleza propia.
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