Sin esperar recompensa, Lucía pidió permiso al gerente, tomó su chamarra y salió con él a la calle. Caminaron por la banqueta de Masaryk, revisaron cerca de los árboles, debajo de una banca y hasta junto a una coladera. La tarde empezaba a caer sobre la ciudad y el aire olía a lluvia y gasolina.
Lucía se agachó sin importarle ensuciarse el pantalón negro. Encendió la lámpara de su celular y revisó entre hojas secas.
—No tiene que hacer esto —dijo Mateo, sintiendo una culpa que le quemaba.
—Claro que sí. Una cartera perdida es un problema serio. El dinero va y viene, pero sacar INE, tarjetas y papeles es un martirio.
Mateo miró sus manos manchadas de tierra. Aquello ya no era una prueba. Era una crueldad.
Caminó hacia el viejo coche que había rentado para su disfraz, abrió la puerta y fingió revisar bajo el asiento.
—Aquí está —dijo, levantando la cartera—. Qué vergüenza. Se había caído dentro.
Lucía soltó el aire y luego se rió, cansada.
—Ay, señor, casi me meto a la coladera por usted.
Mateo sonrió, pero por dentro algo se rompió.
—Déjeme invitarle algo de cenar, para compensar.
—Gracias, pero no hace falta. Solo cuide mejor sus cosas.
Lucía regresó a la tienda con la camisa un poco sucia y la cabeza en alto.
Esa noche, en su casa enorme de Lomas de Chapultepec, Mateo revisó el expediente laboral de Lucía Ramírez. Huérfana de madre. Padre desaparecido. Universidad iniciada a los veinticuatro años. Promedio sobresaliente. Sin contactos familiares.
Mateo cerró la carpeta con vergüenza.
Había querido probar el corazón de una empleada sin saber que ella llevaba años sobreviviendo con el suyo hecho pedazos.
Y al día siguiente, cuando Fernanda vio entrar a Lucía, sonrió con una maldad que helaba la sangre.
No podía creerse lo que estaba a punto de pasar…
—Mira nada más, llegó la heroína de los pobres —dijo Fernanda frente a todos—. ¿El vagabundo ya te pidió matrimonio o solo te dejó propina en monedas?
Mariana, otra vendedora, se tapó la boca para reírse. El gerente fingió no escuchar. Lucía acomodaba cajas de inventario detrás del mostrador y prefirió guardar silencio.
Pero Fernanda no quería silencio. Quería humillación.
—Limpia también mi vitrina —ordenó—. Ayer te ensuciaste buscando basura, así que supongo que se te da bien.
Lucía tragó saliva. Tenía ganas de responder, pero necesitaba ese trabajo. Pagaba una habitación en la colonia Santa María la Ribera, sus colegiaturas atrasadas y los medicamentos de Doña Elvira, una vecina que la había criado como hija cuando su madre murió.
Así que limpió.
Al salir, ya de noche, vio a Mateo recargado junto a un coche sencillo. Esta vez llevaba una camisa azul y el cabello menos desordenado.
—Lucía.
Ella se sorprendió.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Mateo señaló su gafete.
—Es difícil no verlo.
Lucía se rió por primera vez en todo el día.
—Cierto. Se me olvidó quitármelo.
Él sacó una pequeña bolsa.
—Quería comprar un reloj para alguien especial, pero no en una tienda como esa. ¿Conoce algún lugar bueno, sin que me vean feo por preguntar precios?
Lucía dudó, pero terminó guiándolo a una relojería más modesta cerca de Reforma. Mientras caminaban, hablaron de cosas simples: tacos, tráfico, el clima absurdo de la ciudad. Mateo parecía torpe, pero atento. Eso la hizo bajar la guardia.
En la tienda, él eligió un reloj de acero pequeño.
—¿Para novia? —preguntó ella, medio bromeando.
—Para un niño de doce años —respondió Mateo—. Vive en una casa hogar. Es su cumpleaños.
Lucía dejó de sonreír.
—¿Usted ayuda ahí?
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