Mamá frunció el ceño. —¿Haciendo qué?
—Presentándome —contesté—. Todos los días. Sentándome allí. Escuchando. Prestando atención.
La expresión de papá se ensombreció. —No necesitamos trabajo.
—No es un trabajo —dije—. No trabajarás. No te pagarán. Simplemente experimentarás lo que se siente al ser la única persona "diferente" en una sala.
Mamá parecía confundida. —No entiendo.
Jordan se aclaró la garganta. “Mi empresa prioriza la inclusión. Todos los empleados son personas con enanismo como yo, personas con discapacidades físicas o cognitivas, o…”
“No puedes hablar en serio”, espetó papá, mirándome fijamente.
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