A los 8 años su padre la obligó a pedir perdón ante la tumba de su madre, sin saber que ella guardaba el secreto que destruiría a toda la familia

Esteban agarró el pastel y lo estrelló contra el piso.

La fresa rodó hasta quedar junto al pie descalzo de Renata.

La niña no lloró de inmediato.

Solo miró la crema desparramada en los azulejos, como si ahí se hubiera roto algo que ya no podía arreglarse.

Luego el dolor volvió.

Más fuerte.

Renata cayó de rodillas, abrazándose el vientre.

—Perdóname, papá… ya no lo vuelvo a hacer. No me pegues. Ya me voy al panteón.

Esteban levantó la mano.

Pero se detuvo.

La vio pálida, sudando frío, con los labios casi morados.

Durante un segundo, el odio se le quebró.

Pero luego apartó la mirada.

—Lárgate —murmuró—. Y no regreses hasta que yo vaya por ti.

Renata salió sin abrigo grueso, sin pastel y casi sin fuerzas.

Cuando volvió a la tumba de Clara, la tarde ya se estaba apagando.

Se arrodilló sobre la piedra fría.

—Mamá… probé pastel —susurró—. Solo poquito. Estaba bien rico. Ya no necesito más.

Tosió.

Primero fue una tos pequeña.

Después sintió un sabor metálico en la boca.

Miró hacia abajo.

Había una mancha roja sobre el mármol.

Quiso gritar.

Quiso llamar a su papá.

Quiso pedirle a su mamá que no la dejara sola también.

Pero su voz no salió.

Su cuerpo cayó de lado, junto a la lápida, mientras el cielo se cerraba sobre el panteón.

Y cuando Renata abrió los ojos, vio su propio cuerpo tirado en el suelo.

PARTE 2

Renata no entendió al principio.

Se vio a sí misma acostada junto a la tumba de Clara, chiquita, inmóvil, con el suéter gris cubierto de polvo y hojas secas.

Intentó tocarse la cara.

Sus dedos atravesaron su propia piel como si fueran humo.

Quiso llorar, pero no tenía lágrimas.

Quiso correr, pero algo la jaló hacia su casa.

No caminó.

Flotó.

Atravesó la avenida, la reja oxidada, la puerta principal y subió hasta el cuarto prohibido del fondo.

Esa habitación siempre había estado cerrada con llave.

Esteban decía que si Renata entraba, la corría de la casa.

Pero ahora ella cruzó la puerta sin abrirla.

Y lo que vio la dejó helada.

El cuarto no era una bodega.

Era un altar.

Las paredes estaban llenas de fotos de Clara.

Clara en Coyoacán, comiendo elote con chile.

Clara embarazada, acariciándose la panza.

Clara vestida de novia en una iglesia pequeña.

Clara riendo junto a Esteban, antes de que sus ojos se volvieran tristes.

Sobre el escritorio había flores secas, veladoras consumidas y montones de cartas guardadas con ligas.

Todas empezaban igual:

“Clara, mi amor…”

Renata se acercó.

Leyó una.

“Hoy Renata cumplió 4 años. Tiene tus ojos. Cuando me mira, siento que me perdonas y me condenas al mismo tiempo. Sé que no fue su culpa. Lo sé, Clara. Pero no puedo verla sin volver a ese pasillo del hospital donde me dijeron que tú ya no ibas a salir.”

Renata sintió un golpe invisible en el pecho.

Su papá sabía.

Siempre había sabido que ella no tenía la culpa.

Tomó otra carta.

“Mi mamá volvió a decirle desgraciada. Yo escuché desde la cocina y no hice nada. Soy un cobarde. Te fallé a ti y le estoy fallando a ella. Pero cada vez que intento abrazarla, siento que si la quiero, acepto que tú ya no estás.”

Renata quiso gritarle.

Quiso decirle que ella también había perdido a su mamá.

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